sábado, 21 de marzo de 2015

En un alto del camino (décimas)

















*




I




En un alto del camino
donde el cielo se divisa;
detenido, ya sin prisa,
mi espíritu peregrino
reconoce su destino.
Atrás quedaron los días,
lejanas las lozanías
entre surcos, y anhelantes
de molinos y gigantes;
de quijotes y utopías.



A tiempo lo dimos todo;
semilla de tempestad
trunca a la realidad
hasta diluirse en el lodo.
No sé decir del periodo
bueno o malo, la verdad,
pero el paso de la edad;
algunas veces sereno,
otras rápido y sin freno;
siempre fue por voluntad.



Y, si tuviese que ver
de nuevo lo recorrido;
como el ave hasta su nido
a ti vería, mujer.
Y así, al volver a creer
en el amor y la vida,
cerraría  aquella herida
que los años han abierto;
cóncava nave en el puerto
próxima a la despedida.



En el mar en que se agitan
los cantos de las sirenas
por debajo de las venas
que los pétalos marchitan.
En la espuma en que levitan
las aguas que domeñares
la floresta, en colmenares,
brota y zumba a lo profundo
y asciende, raudo y rotundo,
un aroma de azahares.



De tu boca el limonero,
de tus ojos el espacio:
ágata, rubí, topacio;
joya y flor que yo venero.
De tu piel, ninfa de Homero,
sudorosa la ambrosía
trémula baña la umbría
y la luz del tibio sueño
en que tu cuerpo fue dueño
del mío y tú fuiste mía...



¡Que se nos lleve la noche!;
que no sabe de nosotros
que primero fuimos potros
que, de trotar con derroche,
nos engarzó con su broche.
Que nos hicimos raíces,
que nos bebimos felices;
que hollamos por la virtud
en pos de la plenitud
sin razón ni directrices.



Y que encontramos en cada
uno de los pasos dados;
caricias a los costados
de las telas de la nada.
Por eso ahora, mi amada,
desnudos como nacimos
(de las vides los racimos
maduros en la vendimia),
somos el oro de alquimia
tras del crisol que vivimos.



Mas, no es que tenga razón,
es que siento que es así;
que lo que hacemos aquí
ha de ser de corazón.
Pues si no, será traición
a nuestro ser y conciencia;
y necia nuestra creencia
que del amor somos hijos.
Necios, pues, los crucifijos;
necios Judas sin clemencia.





II





Son los años mudo poso
que en el cáliz se acumula
mientras ardiente circula
en el recuerdo, copioso,
un olvido rumoroso
con sabor a eternidad.
Las calles de la ciudad,
perdidas sus primaveras,
exudan por las aceras
residuos de la verdad




en un dolor de farolas
que se encienden y se apagan
cuando, taciturnas, vagan
sombras difusas a solas.
¡Qué melancólicas olas;
que vienen, vuelven y van
cosidas al mismo hilván
de la historia en un aparte;
representando aquel arte
de aquello que no serán!



Pues tienen siempre presente
que el futuro nunca llega
y el pasado otra vez niega
el valor de ser afluente
en un río sin vertiente.
Las aguas de la esperanza
se tiñen; la sangre avanza
y negra se coagula
en un pozo en que, sin bula,
a cataratas se lanza.



Mas es aquí en la caída
(donde el hambre de los hombres)
que, por la sed de sus nombres,
han de encontrar la salida
y, a sí, ganar la partida.
En la búsqueda incesante;
en el viaje, que adelante
se abre en torno a cada meta
como oscura luz, secreta,
que en su interior se levante



y brote en flor de verbena;
en lirio, jazmín o rosa,
para hacer de cada cosa
un nuevo grano de arena
con que colmar su alma buena
por todo el tiempo vivido,
dejando solo al olvido
a la misma soledad,
pues tenemos libertad
por elegir haber sido.



Por decidir ir de a dos
se abre el camino en llanura
y se descubre más pura
la transición hacia Dios.
Por eso vivo, por vos,
y alimento mi pasión
en la cálida ilusión
de deshacerme contigo
bajo el valle de tu ombligo
para hacernos comunión.



No me pregunto si puedo
perderme en pos del placer,
pues es tan fuerte el querer
que no resiste ni el miedo
al poder de nuestro credo.
Donde se funden los lazos
al fuego azul de tus brazos
hasta que llegue la aurora
de la piel, que nos devora,
y nos desgarra en retazos



de ti y de mí y que, callada-
mente, el desnudo silencio
por el que te reverencio;
tras del gemir, de la nada
me hace sentir así cada
uno de todos tus gestos
y tus latidos; dispuestos
a sernos una vez más
y descubrir que, quizás,
son nuestros polos opuestos



los que se atraen con furia,
los que nos mueven a dar
el agua al inmenso mar
que gobierna la lujuria.
Allí un segundo es centuria
y los límites del viento
se diluyen al momento
en un compás jadeante
que nos eleva vibrante
al cénit del sentimiento.





III




Espero que no te importe
que cante mis soledades
al son de las potestades
antes que el día se acorte.
Vayamos pues por el norte
sobre los mares y el hielo
donde las nieblas al cielo
ocultan blanco su azul
cuando la nieve es un tul
liviano sobre tu pelo.



Mientras al sur otra meta
de trigo blando se azora,
y la caja de Pandora
abierta todo lo inquieta
junto a tu dulce silueta
de yerba, de flor y espuma
que en el furor de mi pluma,
entre llanos y barrancas,
recorro y llego a tus blancas
estelas de sal y bruma.



Para virar a poniente,
donde Febo en el celaje
se desviste de su traje
y besa a Selene ardiente
en la marea creciente.
Allí tu piel tibia toca
los límites de mi boca
y se expande al infinito
de los aires aquel grito
que entre espasmos nos sofoca.



¡¿Qué simpar hechicería
me devana en la tormenta
en que aleve se presenta
toda tu geografía?!
Si fuera Dios lo sabría,
mas soy hombre y pecador;
y en mi afán, y por mi honor,
desconozco la respuesta
pero algo me manifiesta
que nadie peca de amor.



Así pues, nada nos queda
por descubrir en el mundo,
lo primero y lo segundo,
todo se va tras la rueda.
Deshojada la alameda
el campo se desvanece
mientras el agua decrece;
y el puente que la encorseta
deja pasar la carreta
que, tras su carga, fenece.






*



M. Á. M. 









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